El manantial de los sueños

Huele a protector solar y el sol tozudo se niega a salir en la playa de Coma-ruga. Los veraneantes juegan a la petanca, toman posiciones en primera línea de mar desde antes del amanecer y se agolpan en riguroso orden de llegada junto a un manantial de agua con propiedades medicinales: el Riuet de Coma-ruga.

Playa de Coma-Ruga, El Vendrell. Riuet de aguas termales. Playa de Coma-Ruga, El Vendrell. Riuet de aguas termales. Playa de Coma-Ruga, El Vendrell. Riuet de aguas termales. Playa de Coma-Ruga, El Vendrell. Riuet de aguas termales. Playa de Coma-Ruga, El Vendrell. Riuet de aguas termales. Playa de Coma-Ruga, El Vendrell. Riuet de aguas termales.

La gente pasa en turnos de dos en dos, se agarra a unas verjas que hay en la base y hacen dos o tres inmersiones, los más valerosos, otros se limitan a qué el agua les fluya por el cuerpo relajadamente. Algunos se miran los pies viendo como unos pececillos curiosean entre los dedos haciendo, dicen, una especie de exfoliación animal de la piel. Es un lugar lejos del glamour de las playas de la Costa Brava, aquí veranea el cinturón rojo de Barcelona y aragoneses que tratan de olvidar la crisis durante unos días y soñar con días mejores. Un rincón encantador, auténtico, donde el tiempo pasa veloz en agosto y perezoso el resto del año.

 

 

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La luna más grande jamás contada

Esta noche la luna estaba espléndida, enorme, rojiza sobre unos pinos. Hacía una parábola precisa sobre el horizonte mientras escuchaba esta canción de Txarango con mi hija Dora. Y, a mi lado todo el condenado equipo de fotografía: dos cámaras, un trípode, varias ópticas carísimas, flashes, cables y tarjetas de memoria vírgenes y ávidas de coleccionar imágenes mas o menos afortunadas.

Y decidí olvidar la cámara, consciente que millones de teléfonos inteligentes acompañados de personas fotografiaban el evento al tiempo que fotógrafos del todo el mundo se esforzaban por robarle el alma a la luna.

Ahora escucho La canción más hermosa del mundo y un avión tras otro se empeñan en no pasar a través de mi luna, porque esta noche es mía. Las redes hierven con ese trozo de roca luminoso y yo aquí, perdiendo el tiempo, procrastinando (palabreja que me enseñó mi amigo y gran fotógrafo Javier Cebollada) evitando enfrentarme al deber de fotografiar.

Este post de fotografía no tiene imágenes, ni falta que hace. La belleza se contempla, se sufre, se disfruta y, esta vez no, no la pienso compartir. Solo con una niña de tres años que, con sus ojos muy abiertos, mira su luna. Porque es suya, y su padre no está liado con diafragmas, velocidades y “mecagondeus” porque el avión lo jode todo. Sigo con Joaquin Sabina…”a un cielo cada vez más lejano y más alto…”

Aquesta nit, Dora, la lluna és nostra.